Te cuento la película

La sal de la tierra

Salt of the Earth (1953) * USA

Género: Drama / Cine social

Duración: 95 min.

Música: Sol Kaplan

Fotografía: Stanley Meredith y Leonard Stark

Guion: Michael Wilson

Dirección: Herbert J. Biberman

Intérpretes: Rosaura Revueltas (Esperanza Quintero), Juan Chacón (Ramon Quintero), Will Geer (Sheriff), David Wolfe (Barton), Mervin Williams (Hartwell), Henrietta Williams (Teresa Vidal), David Sarvis (Alexander), Ernesto Velázquez (Charley Vidal), Ángela Sánchez (Consuelo Ruiz), Joe T. Morales (Sal Ruiz), Clorinda Alderette (Luz Morales), Charles Coleman (Antonio Morales), Virginia Jencks (Ruth Barnes), Clinton Jencks (Frank Barnes), Víctor Torres (Sebastián Prieto).

New Mexico

Tras cortar leña, una mujer, Esperanza Quintero, pone agua a calentar en un barreño para lavar la ropa y explica que su bisabuelo criaba allí ganado antes de que llegaran los anglosajones.

Muestra su pobre pueblo, que cuenta, cuando era niña, se llamaba San Marcos hasta que los anglosajones lo cambiaron por Zinc Town.

Muestra la casa donde vive, que dice no es suya, aunque sí lo son las flores plantadas a su alrededor.

Se llama Esperanza Quintero y es esposa de un minero que lleva 18 años en la mina, por lo que se ha pasado media vida en la oscuridad.

Las tierras donde está la mina eran propiedad del bisabuelo de su marido, y ahora son de la Compañía Delaware Zinc Inc.

Mientras plancha, tras haber tendido, explica que ese día, el de su santo, fue el principio de un fin.

Esperanza tenía ese día 35 años y estaba embarazada de 7 meses de su tercer hijo.

Ese día tuvo un deseo impuro y luego rezó para que Dios la perdonara por haber deseado que su hijo no naciera en ese mundo.

Cuando llega a su casa su hijo Luis ve que va sucio, por lo que le pregunta si se peleó con los anglos y él dice que sí, como le recomendó su padre.

Ese día Quintero estuvo a punto de tener un accidente fatal por una mecha defectuosa y reclama al capataz que les pongan a hacer el trabajo acompañados, pues si nadie ayuda con las mechas y avisa de las voladuras, se producen accidentes y ya murió mucha gente debido a eso, aunque este le dice que no habrá ayudantes y que, si no está conforme y no quiere trabajar será sustituido.

Pregunta si por un esquirol, y le responde que por un americano.

En casa, Esperanza preparó una tarta, y tras la cena, dice a Ramón que le dijo la de la tienda que si no pagan ese mes se llevarán la radio pese a que solo le deben un plazo, y él recuerda que fue ella la que se empeñó en comprarla y ella dice que la escucha cada noche cuando él se marcha al bar y Ramón asegura que los plazos son la ruina del trabajador.

Cuando se queja de que el agua está fría porque se apagó la estufa, ella le recuerda que parte leña cinco veces al día, mientras que los mineros anglos tienen agua caliente y tuberías y baños, por lo que deben pedir agua corriente, y él dice que la pidieron, pero la propuesta se perdió en el camino porque hay cosas más importantes, como la seguridad de los hombres, pues hubo 5 accidentes en una semana.

Ella se queja de que los hombres siempre dejen para luego las necesidades de las mujeres y que el sindicato no ha hecho nada por ella.

Ella dice que los mineros harán huelga y ella tendrá el hijo, pero el hospital no la admitirá por la huelga, la tienda no les dará comida y los chicos pasarán hambre y les quitarán la radio por no poder pagar el plazo.

Ramón le dice que solo piensa en sí misma. Ella le dice que lo hace porque él no lo hace nunca.

Ramón se reúne con sus compañeros. Señala que en las minas de los anglos la gente no trabaja sola, pero ellos, en tres meses de protestas, no consiguieron nada porque la mayoría son mexicanos y deben tener el mismo sueldo y las mismas condiciones, aunque otro compañero le dice que no lo conseguirán, pues esa desigualdad es la que utilizan con los anglos a los que hacen ver que ganan más que los mexicanos para tenerlos contentos.

Ramón asegura que quieren tenerlos asustados para que no se muevan.

Va a buscarlo su hijo y le pregunta si no se acuerda de que es el santo de su madre, y Ramón, al que se le había olvidado, pide a sus amigos que le canten las mañanitas.

Acuden hasta su casa y la despiertan con el canto y ella pide a su hija que encienda las velas e invita a la gente, que llevan cervezas.

Ella, llora feliz y le pide perdón por haberle dicho antes que no pensaba en ella, aunque Ramón le confiesa que se le olvidó y se lo dijo Luis.

Toda la semana se acordó de esas mañanitas, pues nunca había tenido una fiesta así, y recuerda que sopló las velas y olvidaron sus penas, incluso Ramón.

Como ella no podía bailar por el embarazo él bailó con otras mujeres y volvió a sonreír.

Una mañana, mientras tendían otras mujeres se preguntan por qué las mujeres de los mineros anglos tienen baños y agua corriente en sus casas y ellos no, y que deben hacer que los hombres lo entiendan y peleen por ello.

Una de las mujeres se hace con una pancarta en que exigen saneamiento sin discriminación y dice que llevarán muchas como esa a la mina, delante de donde negocian, como si fueran un piquete, pues parecen leñadoras, todo el día cortando leña, cocinando, lavando, y fregando y planchando y cuando ellos vuelven del trabajo les preguntan si se han pasado el día leyendo.

Esperanza les dice que no puede hacerlo, pues si Ramón la viera se enfadaría.

Se escucha una sirena y todas ellas salen corriendo mientras se santiguan y ven a la ambulancia dirigirse a la mina.

Sacan al señor Kalinsky, al que llevan a la ambulancia y no dejan que su mujer se acerque mientras se lo llevan.

Los mineros protestan, pues ya habían avisado de que eso pasaría si trabajaban solos y que el capataz Barton dijo que era él quien avisaba y segundos antes no había nadie.

Pero Ramón asegura que no estaba allí, que se lo dijo Kalinsky.

Barton llama a Ramón cerdo mentiroso y se lanza contra él aunque lo contienen.

El jefe asegura que lo siente tanto como ellos, pues los accidentes salen caros a la Compañía y les pide que regresen al trabajo, aunque ellos no se mueven y hacen que paren las máquinas transportadoras del mineral y se quedan todos parados.

Arriba ven a sus mujeres que levantan la pancarta exigiendo agua corriente.

Los hombres hacen una reunión para declarar oficialmente la huelga.

Teresa dijo entonces que era el momento de entrar, aunque Esperanza no quería. No había estado nunca en una reunión, pero lo hizo porque dijeron que todas o ninguna.

Cuando entraron escucharon cómo hablaba uno de ellos, Charley Vidal que decía que tenían muchas demandas, pero que podían resumirse en un punto básico, la igualdad, y que los dueños harían lo imposible para impedir que la consiguieran, pues tratan de dividir a anglos y mexicanos y para defenderse deben mantener la unidad.

Se levanta entonces una de las mujeres, Consuelo, para recordarles que la igualdad debe llegar también a las cañerías y que formarán un comité femenino para ayudar.

Los hombres deciden levantar la reunión y reprochan luego a sus mujeres el bochorno que pasaron, aunque ellas defienden su posición.

Ramón se siente aliviado de que ella no lo dejara en vergüenza como Consuelo.

Al día siguiente los mineros se manifiestan pidiendo igualdad mientras la compañía aseguraba que no negociaría mientras no volviesen al trabajo, aunque no lo hicieron.

Contrataron a esquiroles de otros pueblos, pero solían asustarse al ver los piquetes.

Los hombres caminaban en círculo día tras día. Semana tras semana observados por el sheriff y sus hombres, que dejaban a la vista sus armas.

Al principio las mujeres se quedaban en casa y el sindicato les daba raciones para alimentar a las familias.

Pero un día fue a verlos la señora Salazar, a cuyo marido lo mataron durante una huelga años atrás. Hacía punto mientras los observaba. Y un día se vio en medio del piquete y siguió andando con ellos.

Algunas mujeres empezaron a ir para llevar café y tacos a sus maridos, entonces el sindicato decidió que era hora de formar un comité femenino.

Al principio Esperanza no fue, pues a Ramón no le gustaba, pero como tampoco le gustaba el café de las otras mujeres, que decía que sabía a sedimento de zinc, un día preparó el café y se lo llevó.

Llegaron a colarse varios esquiroles, pero muchos de ellos no sabían ni qué es el zinc.

Un día se acerca el jefe y pregunta al sheriff por qué no echan al piquete, pues las tierras son propiedad de la compañía, a lo que le responden que todo es de la compañía, incluyendo las tiendas y las viviendas.

Ramón se dirige a ellos y el jefe se presenta como Hartwell, de las oficinas del Este. De Nueva York y le pregunta si fue a acabar con la huelga y él dice que si es posible sí, a lo que Ramón le dice que lo es si negocian.

El jefe local le dice que pensaban nombrarle capataz antes de la huelga, pues conoce muy bien la mina y tenía un futuro, pero hizo caso a los rojos y le engañarán, pero él rechaza todo y pide que le llamen Mr. Quintero.

Los niños los avisan de que vieron a dos esquiroles ocultos en el barranco y varios hombres se dirigen hasta allí y los persiguen y ven que uno de ellos es del pueblo, pero les dice que es todo por los niños, pero que si lo dejan se marchará del pueblo.

El sheriff detiene a Ramón cuando escupe al esquirol, al que asegura que no le pegará.

Lo llevan hasta el coche policial y le preguntan por qué dio un puñetazo a ese hombre, pese a que saben que no es cierto, y lo golpean a él

Y en ese momento, Esperanza se pone de parto y piden al sheriff que avisen a un médico, pero el hombre se niega.

La llevan a un cobertizo donde ella pide perdón por desear que el niño no naciera.

Y mientras ella está de parto, Ramón recibe una paliza del sheriff y su ayudante.

Ella grita el nombre de Ramón y él el de Esperanza.

Ramón pasó una semana en el hospital y 30 días en la cárcel por resistencia y amenazas a la autoridad y Esperanza decidió no bautizar al niño hasta su regreso y celebraron el mismo día el bautizo del niño, Juan, y la liberación de Ramón.

Pegaron también a otro hombre. Saben que tratan de provocarlos.

Tienen un amigo anglo, Frank Barnes de la Internacional y que les da instrucciones, y se queja de que no reconociera a Juárez, el padre de México, y cree que ellos se hubieran ofendido si ellos no conocieran a Washington y Barnes reconoce que le queda mucho por aprender.

El anglo quiere que acepten la ayuda de las mujeres, pues no son amas de casa, sino sus aliadas, aunque la propia Ruth, su esposa, se queja de que defiende sus derechos, pero lo debe seguir a todas partes. Montana, Colorado o Idaho, pero no pensó en organizar a las mujeres, tampoco a las de los anglos, y le dice luego a Ramón que no le gusta cómo trata a su mujer.

Terminan la partida y bailan.

Mientras Esperanza da de mamar a su bebé Ramón le dice que en la cárcel no podía dormir por los bichos, el olor y el calor y entonces pensaba en algo feliz y se acordaba de ella, y le asegura que vivirán mejor y ganarán esa huelga.

Llegan entonces los policías para llevarse la radio.

Ramón se niega a que se la lleven, pero su mujer le dice que no lo quiere en la cárcel y deja que se lleven la radio con cuya música bailaban, ante lo que comienza a tocar la guitarra uno de ellos.

La huelga siguió y pasaron 6 meses, pero la empresa no negociaba.

Trataron de poner a los anglos en su contra, diciendo que los mexicanos debían volver al sitio del que llegaron.

Llegaron al séptimo mes y ya no podían comprar en la tienda y el fondo del sindicato estaba casi agotado, y como algunos no podían aguantar más, se fueron.

El sindicato decidió que los hombres con casos más desesperados trabajarían en otras minas y darían parte de su paga para que los demás pudieran comer.

Recibieron ayuda de la Internacional de Denver y de otros sindicatos.

Ellos pensaban que nadie se había enterado fuera del condado, pero estaban equivocados.

Se recogía ayuda para ellos por ejemplo del sindicando de la construcción y llegaban cartas de compañeros del suroeste y de más lejos, de Butte, Chicago, Birmingham o Nueva York, con palabras de solidaridad y dinero y las mujeres ayudaban, y aunque algunos hombres se burlaban, las necesitaban.

Un día llegó el sheriff con sus ayudantes sonriendo. La compañía había conseguido una orden para que los piquetes se retiren y podrán detener y multar a quien desobedezca.

Convocaron una asamblea para decidir qué hacer, pues si obedecen perderán la huelga, pues aparecerán los esquiroles, y si no obedecen, los arrestarán y perderán también.

Barnes les dice que decidan lo que decidan, la Internacional les apoyará, pero todos se muestran cabizbajos sin saber qué hacer.

Ramón propone luchar aunque los arresten.

Una de las mujeres se levanta y señala que la orden prohíbe a los mineros en huelga hacer piquetes, pero las mujeres no son mineros en huelga y pueden hacerlos ellas.

Todos se ríen, pero ella dice que ella tiene una solución y ellos no y si pierden la huelga pierden 50 años de lucha y si se ocupan ellas, ningún esquirol ocupará sus puestos.

Algunos están en contra, pues dicen que si lo permiten serán el hazmerreír de todo el movimiento obrero, aunque Luz les preguntó si era peor esconderse tras una mujer que arrodillarse ante el patrón.

Una mujer dice que estar en un piquete fuera cosa de mujeres y pensaban que incluso podría ser pecado.

Y Ramón pregunta qué pasará cuando las golpeen, pues tendrán que defenderlas y estarán peor, e incluso más humillados.

Deciden votar, aunque antes se levanta Esperanza y les hace ver que van a votar los hombres algo que harán o dejarán de hacer las mujeres, por lo que cree que es justo que las mujeres voten también.

El presidente indica que sería ilegal que votaran en esa reunión, por lo que propone transformarla en una reunión comunitaria con derecho al voto de todos los adultos.

Votan mayoritariamente a favor la mayoría de las mujeres y en contra la mayoría de los hombres, pero gana la moción la propuesta de las mujeres por mayoría.

Al día siguiente acudieron las mujeres para formar los piquetes. Las de Villa Zinc y de los montes de otros pueblos mineros a 15, 20 e incluso 40 kilómetros de allí. Mujeres que no conocían y que nada tenían que ver con la huelga

Los hombres las observaban de lejos con miedo de que no aguantaran.

Algunas no fueron. Lo tenían prohibido por sus esposos. Esperanza era una de ellas pese a que fue ella quien consiguió que las mujeres votaran.

Ramón asegura que el sindicato no manda en su casa y que las mujeres de los anglos no están, aunque ella dice que está Ruth Barnes y la señora Kalinsky, y aunque no está la mujer de Jenkins, ella dice que los anglos también están atrasados y le pide que le deje un rato, pues al bebé le viene bien que pasee, por los gases.

El jefe se enfada, pues burlan la orden, pero le dicen que la orden solo habla de los mineros y asegura que se dispersarán enseguida.

Les ordenan dispersarlas, pero ellas se mantienen firmes pese a que un coche carga contra ellas y los hombres se lanzan para ayudarlas, pero ellas les piden que no lo hagan, pues será peor.

Les lanzan gases, pese a lo cual ellas resisten.

Se enfrentan a los agentes y Esperanza deja al bebé en manos de su marido y consigue con un zapato golpear al ayudante y quitarle la pistola y ven cómo logran que se vayan los hombres que iban a dispersarlas y siguen con el piquete y cantan "No nos moverán".

En casa Ramón está preocupado, pero Esperanza llega sonriendo contenta.

Él le dice que se le habrán quitado las ganas de volver, aunque ella asegura que regresará al día siguiente aunque le hagan daño, aunque él asegura que no hará de niñera. Que tuvo a los niños todo el día, a lo que ella le responde que ella los ha tenido desde que nacieron y si él no quiere quedárselos se los llevará con ella al piquete.

Volvió al día siguiente. Y los otros, durante un mes y dejaba a Juanito en la cabaña, y si todo estaba tranquilo y hacía buen tiempo sacaba la cuna

La niña, Estela, jugaba con otras niñas y Luis, supuestamente estaba en el colegio, aunque iba a ver a las mujeres, como Ramón, que iba cada día a observarlas.

Las mujeres lo criticaban por no cuidar de los niños.

Las mujeres estaban animadas, e incluso cantaban y bailaban.

Los policías al principio solo las maldecían y las insultaban pero volvieron al ataque.

Con sus coches trataban de derribarlas, pero ellas resistían y conseguían que no pasaran, empujando entre todas, y les abrían el capó y soltaban algún cable.

Usaban gas lacrimógeno. Tenían el viento en contra y se abrieron en abanico y no consiguieron romper la fila.

El sheriff dice que lo ha intentado todo menos dispararles, y el jefe le sugiere que las arreste, y él pregunta si tendrá que encerrar a todas, y le dice que solo a las líderes y las de familias numerosas.

Tras ello el sheriff les dice que pueden ir a sus casas o a la cárcel y un chivato les indica quienes son las líderes: Teresa Vidal, la señora Salazar, Chana, Luz, la señora Kalinsky, Ruth, Lala y Esperanza.

Esperanza decide llevarse al niño con ella pese a que las otras le dicen que se lo cuidarán, y pese a que se las llevan las demás siguen cantando y llegan mujeres de otros puntos para reforzarlas.

La cárcel acaba repleta de mujeres que gritan que quieren camas, baños y comida y piden leche de fórmula para el bebé.

El juez puede decidir liberarlas o aumentar la fianza, pero les preocupa no tener comida.

Ramón, que acude para llevarse a su hijo escucha las deliberaciones. Oye que la compañía tiene minas en otros lugares por lo que deben controlarlos.

Las mujeres no dejan de gritar en ningún momento exigiendo la fórmula y comida.

El sheriff les dice que si juran por escrito que no harán piquetes estarán libres en una hora, aunque ellas se niegan.

Esperanza le entrega el bebé y a la niña a Ramón.

Pero luego siguen exigiendo comida, baños y camas.

Ramón debe realizar ahora las tareas de casa por vez primera en su vida, como otros hombres cuyas mujeres están en prisión y se dan cuenta entonces de lo importante que es el agua caliente y que debieron exigirla desde el principio, y su vecino indica que deben dar igualdad a las mujeres en el trabajo y en casa y en el sexo.

Luis también ayuda e indica que los Junior también se están organizando para ayudar.

Finalmente las liberan tras cuatro días.

Le cuenta a Ramón que finalmente consiguieron colchones.

Ramón le pregunta si firmó y ella dice que no y que no cree que las vuelvan a detener, pues sacaron de quicio al sheriff y está harto.

Ramón ve cómo se reúnen las líderes en su casa para organizar los piquetes, y se marcha dando un portazo.

Le preguntan a Esperanza qué va a hacer con él y ella dice que es hora de que cambie y que es ella quien debe solucionarlo con él.

Los hombres están tristes y sombríos en el bar. Casi no hablan.

Kalinsky dice que el amigo de un amigo que trabaja en la oficina de minas le dijo que no pensaban reabrir la mina porque dicen que está agotada.

Ven en un periódico al presidente de Delaware Zinc Inc., Hamilton Miller, que ese mes se va a Kenia donde espera cazar su 13º león.

Cuando llega a casa Esperanza está ya acostada. Lo esperó hasta media noche y que justo cuando ella vuelve a casa, él se va al bar, y le pregunta si es que ya no soporta verla y le invita a hablar.

Él le dice que no puede vivir con ella así. Y Esperanza le dice que en efecto no pueden seguir así ni volver a las viejas costumbres.

Él le pregunta si ahora se despreocupa de sus hijos.

Lo ve preparar su escopeta. Le dice que se irá a cazar al amanecer, pues no lo necesitan, aunque ella le dice que es el jefe del equipo de retenes, aunque él insiste en

que no sirven para nada, pero ella le hace ver que llevan tres días sin esquiroles y él dice que porque pueden matarlos de hambre con solo esperar tres meses más, pues tienen otras minas y millones y pueden con ellos y lo saben.

Esperanza le dice que no quiere caer luchando, que quiere ganar y que ellos se debilitan. Creían que acabarían con los piquetes y no pudieron y solo les queda hacer algo gordo y pronto, y que ahora están en la calma anterior a la tempestad.

Le pregunta luego a Ramón si no ha aprendido nada de esa huelga y si es que le asusta tenerla a su lado, y le pregunta también si solo puede tener dignidad quitándole la suya y si solo puede sentirse mejor teniendo a alguien por debajo.

Ella le dice que no quiere a nadie debajo de ella, pues ya está bastante abajo. Que quiere subir y que todos suban con ella y le asegura que no podrán ganar esa huelga ni nada sin ellas.

Él le levanta la mano y ella le dice "las viejas costumbres", y le dice con contundencia que no vuelva a hacerlo nunca, y cuando se va a la cama le dice que él puede dormir donde quiera excepto con ella.

Teresa le dice al día siguiente que prueban el trabajo de una mujer y echan a correr y ella le dice que a Ramón le puede el orgullo. Que ella sacó la amargura que llevaba dentro y lo hirió.

Teresa le dice que los cambios son dolorosos para todos.

Algunos hombres, y entre ellos Ramón, salen al monte a cazar.

Él va pensativo pensando en lo que le dijo su mujer la noche anterior, y dice a sus amigos que deben volver.

Llegó una orden de desahucio para Quintero y pueden aprovechar que está de caza. Y si le echan a él el resto será sencillo. Los verán los vecinos y tendrán miedo.

Llegan varios coches para ocuparse de la ejecución y se reúne el resto de vecinos en torno a la casa de Quintero y cuando comienzan a sacar las cosas, los chicos comienzan a tirarles piedras.

Ramón se da cuenta y le dice a Esperanza que es lo que esperaban. Que saben que no pueden romper el piquete, pero que ahora pueden luchar juntos.

Las mujeres comienzan a coger las cosas que sacaron de la casa y las vuelven a meter, y según sacan las cosas por una puerta ellas las van metiendo por la otra, y son tantas que no pueden pararlas.

El sheriff pide a Ramón que diga a las mujeres que se comporten, aunque él le dice que no puede hacerlo, pues ya sabe que las mujeres no les obedecen y le pregunta, sabiendo la respuesta si quiere encerrarlas.

Llega cada vez más gente. Los de la mina abierta y los del taller dispuestos a impedir el desahucio. Centenares de personas en solidaridad, por lo que finalmente el sheriff ordena la retirada entre los gritos de victoria de todos.

El jefe dice entonces que quizá sea mejor solucionarlo y que hablará con Nueva York.

Esperanza dice que aún no sabían que habían ganado, pero estaban contentos.

Entonces Ramón les dio las gracias. Dijo "gracias, hermanas y hermanos. Esperanza, gracias por tu dignidad. Tenías razón. Juntos conseguiremos que todo suba con nosotros".

Ella reflexiona: "supe que teníamos algo que nadie podía quitarnos. Algo que podía dejar a mis hijos: La sal de la tierra sería suya".

Calificación: 4