Parranda
Parranda (1977) * España
Duración: 87 min.
Música: Juan José García Caffi
Fotografía: Carlos Suárez
Guion: Eduardo Blanco Amor, Gonzalo Suárez (Novela: Eduardo Blanco Amor)
Dirección: Gonzalo Suárez
Intérpretes: José Luis Gómez (Bocas), José Sacristán (Cipriano Canedo / "Cibrán"), Antonio Ferrandis (Milhombres), Fernando Fernán-Gómez (Escribiente), Marilina Ross (Socorrito), Charo López (Rajada), Queta Claver (Monfortina), Isabel Mestre (Sra. de Andrada), Fernando Hilbeck (Sr. de Andrada).
Unas niñas juegan al corro de la patata cuando se acerca una joven deficiente, Socorrito, que se les une y acaba robándoles una muñeca con que jugaban.
Cipriano Canedo, al que llaman Cibrán se presenta en los altos hornos buscando trabajo.
Por la noche espera frente al prostíbulo hasta que sale una de las prostitutas, "Rajada", a la que acompaña a su casa y le cuenta que al día siguiente comienza a trabajar como fijo en los hornos de coque y quiere arreglar las cosas entre ellos para que no tenga que seguir en la casa de la Monfortina.
Un hombre muy bien vestido carga con un cadáver hasta su carroza.
Cibrán es abofeteado por la guardia civil y le piden que cuente lo que pasó.
Al día siguiente de encontrar el trabajo despierta junto a la Rajada y se despierta también el hijo de estaque le dice que cuando está él está contento y le pregunta luego por qué le pegaba a su madre, pues la oyó decir ¡ay, ay! muchas veces, a lo que le responde que no le pegaba, que estaba soñando.
Le dice luego que ya no se irá más, que va a ir al trabajo y luego vuelve.
Pero camino del trabajo, y al atravesar el bosque ve algo que se arrastra y llama su atención, y de pronto es abordado por dos hombres que se ocultaban bajo una manta, Milhombres y Bocas, muy borrachos, que lo retienen y le piden que vaya con ellos, y que no vaya al trabajo.
Juegan con él cogiéndolo de las manos como si trataran de jugar al corro.
Luego Milhombres sigue con la broma y coge a Bocas de sus partes, y le hace tal daño que le da un puñetazo para quitárselo de encima, y luego, y una vez en el suelo lo patea y amenaza con golpearle la cabeza con una piedra, lo que evita Cibrán, aunque se siguen peleando hasta que Cibrán les advierte que viene gente para que lo dejen.
Observa que se trata de un grupo de arrieros que van cargados.
Una vez que observa que los dos amigos se reconciliaron, Cibrán decide seguir su camino, aunque Bocas le pide que no lo deje solo con Milhombres, porque puede acabar con él, y, además, le dice, ya no va a llegar a la lista.
Reconoce que sin Milhombres no se divierte, pero que siempre llega un momento en que debe pegarle, aunque le tiene cogida la voluntad, lo que le molesta y por eso le pega, y le insiste a Cibrán en que no lo deje solo con él y se ofrece a pagarle el jornal.
Van luego al bar, donde la camarera le ayuda con los pies que los tiene malos y le dice que con ellos así no puede ir a trabajar.
Ven que en el bar están los arrieros y los retan para que apuesten y uno de ellos les propone un juego consistente en colocar parejas de cartas boca abajo y tratar de encontrar, al levantar dos, parejas iguales, para lo que deben memorizar las que ya salieron y el lugar en que estaban, y se juegan las bebidas.
Como va ganando el arriero, Milhombres asegura que hace trampa y lo golpea, iniciándose así una pelea en la que finalmente el Bocas saca una navaja y se la clava al hombre que le retó.
Cibrán sigue en el interrogatorio y recuerda el navajazo y cuenta cómo fue, aunque, dice, eso fue solo el principio.
Tras la pelea, los tres amigos salieron corriendo y se refugiaron en casa de Socorrito para huir de la guardia civil.
Socorrito tenía sobre su pecho, como si lo amamantara, a un muñeco roto.
Y tanto los guardias que llegaron antes, como luego Bocas, le preguntan a Socorrito si quiere que le hagan un niño y ella les dice que huelen mal y que además todos la engañan, pues todos le hacen el niño, pero luego no se lo llevan.
Mientras comen luego en un prado, Cibrán lamenta no haberse ido al trabajo, ante lo que Milhombres le dice que el trabajo no sirve para nada. Que él tuvo un pinchazo y casi se queda ciego y le dijeron que ya no servía y lo echaron.
Pero Cibrán le recuerda que tiene una mujer y un niño, a lo que Milhombres le replica que de eso se valen los empresarios para hacerles echar el bofe, pero que cuando no pueda más, pondrán a su hijo en su lugar sin miramientos.
Propone a sus amigos ir al palacio de Andrada para ver a la mujer que dicen que tienen encerrada allí y que comentan que es guapa como un demonio, aunque otros dicen que el marqués la mató y la enterró en el jardín.
Deciden comprobarlo y saltan para ello la valla de piedra del palacio, y avanzan luego con precaución y arrastrándose para que no los vean, y observan que en el viejo edificio, hay, en efecto, una mujer en el balcón.
Sale luego el marqués y la acaricia., aunque ella parece en estado catatónico.
Ven cómo le abre la boca y le obliga a hacerle una felación, le lanza luego billetes por encima y luego se la lleva adentro y regresa con una escopeta con la que les dispara y los ahuyenta mientras ríe alocadamente.
Cibrán se queda dormido en el lugar en que se ocultan y les cuenta luego que siente que de pronto le viene un pensamiento y no puede hacer nada, y que a su hermana también le pasa, que pierde el sentido y suelta espuma por la boca.
Bocas dice que no se puede quitar de la cabeza a esa mujer.
Cibrán dice que se irá a su casa, pero Bocas le dice que no puede dejarlo solo con Milhombres y además deben seguir la juerga hasta que se acabe el dinero, pues no hacerlo da mala suerte, aunque él le dice que no puede fallarle otra vez a la Rajada, pues incluso le pidió que dejara de ir a casa de la Monfortina y a la primera le ha fallado y además está el crío y no quiere que se lo lleven las monjas.
Bocas le tranquiliza y le dice que cuando se acabe la juerga volverá a su casa.
Pero él teme además que le afecte lo del arriero, aunque Bocas le dice que él es el culpable y está tranquilo, aunque reconoce que está matando a su madre a disgustos y le indica que el único que no tiene a nadie es Milhombres, pero tiene buena conciencia.
Pasean luego entre la escoria de las minas de carbón y observan a Socorrito, que pasea sola con un muñeco mientras recuerda al primer hombre que le dijo que le haría un hijo, el Portugués, y dice que le gusta el marqués porque huele bien.
Se cuelan en una bodega y se topan allí con un hombre muerto junto al hombre que antes metió su cuerpo en su carreta y lo despiertan.
El hombre les invita a comer y beber lo que quieran, pues tiene suficiente comida.
Les cuenta que es profesor de lenguas clásicas y vive en Lugo y que no conoce al hombre muerto, al que trajo desde Lugo en su berlina.
Pasa tras ello a contarles lo sucedido cuando ellos le aseguran que no van a contar nada a la autoridad.
Les cuenta que hasta la noche anterior su vida era normal. Que estaba haciendo punto, como cada noche en su casa, pues le calma mucho y a las 12 llamaron a la puerta.
Entró una dama enlutada y a la que el velo le cubría la cara.
Era una mujer a la que él daba clases de latín e iba muy agitada y le pidió ayuda.
Le contó que su amante había muerto en sus brazos y el cadáver estaba en su habitación y el marido no tardaría en llegar, por lo que la acompañó y la ayudó, junto con la doncella, a vestirlo.
Cuando llegó el marido pensó en meterlo en el armario, pero ella le dijo que allí siempre era el primer sitio donde miraban los maridos y pensó otro plan.
Lo sacó de la casa y se sentó junto a él en la escalera como si fueran dos borrachos jugando a las cartas, y así consiguieron que el marido pasara sin darles importancia.
Y él lamenta que tenía un póker de ases por vez primera en su vida.
Pensó en llevarlo al hospital y decir que perdió el conocimiento mientras jugaban al póker, pero al subirlo en su berlina vio que tenía una punzada en el corazón, del que sacó una aguja de hacer punto, por lo que comprendió que lo habían asesinado y lo habían visto jugar al póker, y todos sabían que él hacía punto.
Les dice que por ello pensó en echarlo en una balsa de ácido que hay junto a los hornos de coque, y les dice que si le ayudan les recompensará, pero que si no quieren ayudarlo deben guardar el secreto.
Bocas le dice que le ayudarán, y cargan en efecto con el muerto y lo lanzan al ácido, donde lo ven desaparecer.
El hombre les ofrece tras ello dinero, y aunque Bocas lo ignora, Milhombres lo coge.
Bocas vuelve a decir que no se puede quitar de la cabeza a la mujer, y Milhombres le recuerda que, desde que ella tuvo el amante, el marqués la trata como una fulana.
Deciden seguir la juerga con el dinero conseguido para lo que van a casa de la Monfortina, aunque les dicen que no hay sitio, pues están los viajantes catalanes que cenan y se quedan a dormir allí.
Se cuelan en la iglesia, donde realizan la adoración nocturna y no pueden reprimir la risa al ver a los hombres arrodillados ante el altar.
Cibrán sigue su declaración y ríe al recordar lo de la iglesia y lo vuelven a abofetear.
Milhombres propone ir a casa de la Matildona, otro prostíbulo, donde está la Monfortina.
Bocas se besa allí con una de las mujeres.
Ven que pasa un ataúd y la mujer les dice que es para su mejor cliente, que no es otro que el hombre que les dijo que era profesor de lenguas clásicas, que introduce en el ataúd a una de las prostitutas a la que desnuda. Y luego hacen el amor en el ataúd.
La mujer que está con Bocas le pide que haga lo que Cibrán con la Rajada, pero él dice que no nació para ser preso y no quiere pasar con ella, pues bebió mucho.
La Centolla, que está allí con la Matildona y otras mujeres le dice a Cibrán que vuelva a casa, y él dice que debería hacerlo. Que esa mañana tenía que haber ido al trabajo, pero le entró el pensamiento.
Beben una queimada que preparó la Monfortina y ríen, y se sorprenden al ver salir al hombre al que ayudaron antes que, la Monfortina les cuenta es escribiente del juzgado y la prostituta le dice que ese hombre no sabe qué hacer para olvidar que su mujer le pone los cuernos con el Cabito y que este dejó una carta por escrito en que decía que se iba al extranjero para no volver.
Mientras Bocas y la otra chica bailan, Milhombres sale a bailar solo, pero la Monfortina se pone a bailar con él, aunque él no deja de mirar al Bocas.
Bocas dice entonces que intenta olvidar a esa mujer, pero no puede.
De pronto se monta una pelea entre la Monfortina y una de las prostitutas que quería seducir a Cibrán, y la chica le lanza encima a la mujer una cazuela de callos.
Los tres amigos llegan, ya de día, de nuevo al palacio y aunque Milhombres dice que prefiere marcharse, Cibrán dice que no lo dejará solo aunque le parezca un disparate lo que va a hacer y finalmente saltan los tres.
Encuentran la casa cerrada, pero logran colarse por otra puerta y suben hasta llegar a la cocina, llena de bebidas de todo el mundo, jamones y caviar.
En su exploración encuentran casullas sacerdotales y, tras beber coñac fuman una pipa que encuentran y les de la risa tras hacerlo.
Ven luego al marqués en un sillón y sin sentido y lleva atada a su muñeca, con una cadena, una bolsa de piel.
Bocas se acerca con su navaja por precaución, y ven en el maletín ropa manchada de sangre y varias cartas.
Siguen luego su exploración hasta llegar a un dormitorio.
Oyen ruido y se ocultan. Ven que es el propio marqués, que se recuperó y lleva a su mujer a la cama y le pregunta por qué no se mueve como hizo entonces, de forma obscena y sudando bajo él y diciendo asquerosidades y jadeando como una puerca, y le lanza billetes sobre el cuerpo desnudo, tras lo que se tumba sobre ella y le dice que haga su trabajo.
Pero cuando se va y salen no hay nadie en la cama, ni tiene signos de que nadie estuviera en ella, por lo que buscan tras las cortinas.
Ven a la mujer sentada en un sillón, Inmóvil y muy pálida, por lo que Cibrán dice que está muerta, aunque luego dice que el humo les hizo ver visiones.
Parece querer decir algo, aunque es incapaz y Bocas aprovecha que no se puede mover para desabrochar su vestido y besa su cuerpo sin oposición y luego la besa en los labios, y ella de pronto parece volver en sí y querer gritar.
Llega entonces el marqués con una antorcha y Bocas saca su navaja y le corta el cuello, y al hacerlo, el fuego prende las cortinas.
Milhombres golpea a Bocas para poder llevárselo, y a la salida Bocas dice que ya era suya y no sabe por qué no le dejó, aunque Milhombres le dice que era una mujer, asquerosa como todas y que le revolvía el estómago verlo con ella y le salvó la vida.
Deben escapar corriendo mientras sale humo de dentro.
Cibrán sigue siendo interrogado y dice que intentó salvarla, pero no pudo, y lo acusan de haber incendiado el pazo de Andrada.
Regresan hasta la bodega y Cibrán, con un pico, destroza uno de los barriles y comienza a salir vino y se duchan con él los tres mientras ríen abrazados.
Cuelgan su ropa luego frente al fuego para que se seque antes de vestirse de nuevo.
Bocas le dice a Cibrán que no olvidará nunca lo que hizo por él, pero sabe que eso va a traerles problemas, y que deben irse a la estación, cada uno por su lado y marcharse, aunque le dice que él podría quedarse, pues no hizo nada.
Pero él dice que no quiere ir al cuartelillo y que le peguen como si no fuese un hombre, y prefiere que le maten, aunque Bocas le repite que él no hizo nada e incluso puede firmarle un papel que lo diga, aunque él le dice que ya sabe cómo son y lo que harían con ese papel y además no sabe escribir.
Bocas le dice que entonces irá a casa del alcalde y le pondrá la navaja en el cuello para decirle la verdad, aunque Cibrán le dice que el alcalde es un cerdo y eso es una locura.
Bocas insiste en que Milhombres lo echó todo a perder cuando ya tenía a la mujer en sus brazos y Cibrán le recuerda que la casa estaba ardiendo.
En el cuartelillo, Cibrán dice que no cree que Milhombres, aunque sea marica es peor que ellos.
En la bodega, Cibrán comienza a convulsionar, mientras Milhombres duerme.
Ven cómo Socorrito entierra en barro un muñeco y le pone una cruz en un terreno donde tiene otras muchas cruces y Bocas le regala un perfume que Milhombres robó en el pazo y va con ella, que se rocía con el perfume y Bocas la lleva a la cama y le arranca la ropa pese a las protestas de ella, que se resiste, y la desnuda y le echa el perfume por encima.
Cuando se despierta, Milhombres echa de menos a Bocas y pregunta donde está y sale corriendo con la navaja y ve que está sobre Socorrito y se acerca a él y lo apuñala.
Cibrán lo encuentra agonizando y Bocas le pregunta a Cibrán por qué lo ha hecho y este le dice que es como si tuviese celos de la mujer.
Mientras huye, Cibrán escucha gritos fuera que le dan el alto y oye disparos mientras Milhombres trata de huir por la montaña.
Cibrán corre tras él, que, finalmente es alcanzado por una bala, y tras gritar el nombre de Bocas cae muerto.
Cuando Cibrán llega hasta él lo encuentra ya muerto y él es detenido.
Toma su declaración el secretario del juzgado al que ayudaron a librarse del fallecido y escribe ante la Rajada y su hijo que Cibrán, tras reconocerse culpable, de un salto cogió la navaja que había quedado en la mesa y se la clavó entre las costillas sin que nadie pudiera impedírselo.