Te cuento la película

El extranjero

L'Étranger (2025) * Francia

Duración: 122 min.

Música: Fatima Al Qadiri

Fotografía: Manuel Dacosse

Guion: François Ozon (Novela: Albert Camus)

Dirección: François Ozon

Intérpretes: Benjamin Voisin (Meursault), Rebecca Marder (Marie Cardona), Pierre Lottin (Raymond Sintès), Denis Lavant (Salamano), Swann Arlaud (Sacerdote), Mireille Perrier (Catherine Meursault), Hajar Bouzaouit (Djemila), Abderrahmane Dehkani (Moussa Hamdani).

Un documental habla de la transformación del viejo Argel, lleno de casonas vetustas, calles sinuosas y la casba, mezcla gentes aromas y sonidos y donde ahora Francia ha generado una nueva ciudad donde se mezcla la sociedad occidental con la árabe donde están fundidas ambas culturas.

Pero la realidad es que son dos mundos separados y los argelinos luchan por la liberación.

Meursault ingresa en prisión, donde destaca por sus ropajes y por ser extranjero en un espacio lleno de personas árabes, uno de los cuales le pregunta qué ha hecho y él dice que mató a un árabe.

Un tiempo antes lo despertaron con llamadas insistentes en la puerta de su habitación para entregarle un telegrama en que le informan del fallecimiento de su madre y le indican que el entierro será al día siguiente.

Su jefe le da dos días libres para que pueda acudir al sepelio y un amigo le presta una corbata y un brazalete negro.

Tras comer coge el autobús en el que se duerme y en el que pasa horas hasta el destino, y debe caminar un buen rato hasta llegar al asilo en que murió.

Lo recibe el director de la institución, que le informa de que durante los 3 años en que su madre estuvo allí fue feliz.

Sabe también que él era su único sostén y que sus ingresos son modestos, por lo que no podía atender sus necesidades adecuadamente.

Le indican que podrá velarla esa noche, y lo acompañan al tanatorio, donde reposa en una modesta caja de madera que él rechaza que le abran, y junto al cual se duerme en varios momentos durante la noche.

Por la mañana pasan también algunos de los ancianos a velarla.

Ve cómo llora una mujer, y le explican que su madre era su única amiga allí.

Vuelve a dormirse y cuando se despierta ve que la mayoría de los ancianos duermen también, y más tarde los despiertan para que regresen a sus habitaciones tras darle el pésame al hijo.

Llega el sacerdote que reza un responso y observa que hay un anciano frente al féretro que llora, y le explican que es el señor Pérez, el novio de su madre.

Parte tras ello la comitiva hacia el cementerio por un largo camino de arena bajo el sol agobiante. Y cuando llegan a la iglesia local el anciano que le dijeron que era el novio de su madre cae, muy cansado y deben ayudarle a levantarse.

Meursault ignora el ritual de la misa y cuándo debe levantarse o estar sentado.

Regresa tras el funeral a Argel.

Tiempo después, y en la cárcel, un hombre le ofrece una esterilla para dormir.

Al día siguiente, muy cansado, acude a Los Baños de Argel, un lugar al que acuden los occidentales para refrescarse.

Allí se dirige a él una joven, Marie Cardona, que le cuenta que sigue de mecanógrafa.

Se bañan juntos y nadan hasta una boya donde toman el sol, y Meursault coloca su cabeza sobre el vientre de ella.

Regresan luego hasta la orilla y se sientan en una tumbona.

Ya vestidos, ella observa su brazalete y él le explica que murió su madre.

La invita a ir al cine, a un establecimiento prohibido para los indígenas, a ver una película de Fernandel.

Él coloca su brazo sobre los hombros de ella y finalmente se besan.

A la salida él la lleva hasta su habitación, donde hacen el amor.

Cuando se despierta ve que Marie ya no está y que dejó una nota en la almohada en que le dice que tiene una comida en casa de su tía.

Se sienta en su balcón a fumar y observa a todos los que pasan por la calle.

Al día siguiente regresa al trabajo y devuelve al dueño del restaurante al que va luego a comer, la corbata y el brazalete.

Al regresar a su cuarto ve cómo su vecino se pelea con un grupo de muchachos árabes.

El hombre lo invita a su habitación a comer, pues tiene vino y morcilla y le cuenta que el árabe que le golpeó es el hermano de Djemila, y está enfadado porque ella es su querida y la mantiene porque no quiere trabajar. Solo quiere estar con sus amigas y por ello le pegó, y ella se lo contó a su hermano.

Le dice que pensó en escribirle una carta dura y tierna a la vez para que vuelva y que se acueste de nuevo con él, y al acabar la mandará a la calle y le pide que la escriba él.

Lo hace, y Raymond, muy satisfecho, le dice que es un amigo de verdad.

Vuelve a nadar con Marie y se tumban luego en la playa, tras lo que regresan acaramelados en el autobús y vuelven a hacer el amor.

Al día siguiente ella le pregunta si la quiere. Él le responde que eso no significa nada.

Empiezan a escuchar golpes y Marie se alarma, pero él parece tranquilo y piensa que debe ser Raymond.

Salen y ven a los vecinos alarmados e indican que hay que hacer algo, y llega un agente y sale Djemila, que dice que Raymond le pegó.

Él se comporta como si fuera natural y sin quitarse el cigarrillo de la boca, que le arranca el gendarme de un bofetón, aunque él no parece inmutarse.

El agente pide a la chica que se marche y a Sintès le dice que ya lo citarán en comisaría.

Marie parece horrorizada, aunque Meursault no parece impresionado.

Mientras comen, ella le pregunta si conoce a la mujer, a lo que le responde que no y le pregunta si es prostituta y él le dice que es su amante.

Marie le pregunta si no le molestó que la pegara y él dice que son cosas suyas.

Poco después llama Raymond que dice que la castigó porque se lo merecía y no le importa la policía.

Salen a jugar al billar y Raymond le pide que acuda a comisaría como testigo y que diga que ella le faltó al respeto, y, a cambio lo invitará a un burdel, aunque él dice que no es lo suyo.

Ven al volver, a su vecino, Salamano, el viejo que siempre golpeaba a su perro, que se le escapó y ahora se pregunta qué va a ser de él sin el animal.

Meursault recibe la llamada en el trabajo de Raymond porque lo siguen unos árabes, y entre ellos el hermano de Djemila y le pide que lo avise si los ve cerca de casa.

Le dice luego que pueden ir a la playa con Marie, pues un amigo tiene una casa allí.

Su jefe le dice que quiere abrir una delegación en París para tratar directamente con las empresas más importantes y le pregunta si está interesado en vivir en París y viajar, a lo que le responde que no cree que sea posible cambiar de vida y que le gusta la suya allí, a lo que su jefe le dice que su falta de ambición es lo peor para los negocios.

Marie le dice que le gustaría conocer París.

Ella le pregunta si quiere casarse y él le dice que le da igual pero que si le apetece a ella lo harán, y entonces ella le pregunta si eso significa que la quiere y él le insiste en que eso no significa nada, pero que pueden casarse porque no tiene importancia.

Ella dice que el matrimonio es algo serio, pero él le dice que no lo cree así, y asegura que se lo habría dicho a otra mujer también.

Ella se pregunta también si lo ama, pues es extraño ya que dice lo que piensa, y no como el resto, y a veces duele, pero por eso le gusta.

Le dice luego que quiere casarse con él, que le dice que muy bien.

Encuentra a Salamano en la escalera. Le dijeron que su perro no estaba en la perrera y que lo habría atropellado un coche y lo invita a su casa a tomar una copa.

El hombre recuerda que se casó tarde y nunca fue feliz con su mujer, pero cuando murió se sintió solo y un compañero le regaló un cachorro y aunque estaban siempre a la gresca, envejecieron juntos.

Tras ser detenido, y en su celda, ve al despertar cómo una rata que se pasea por entre los presos mientras duermen y ve una cucaracha sobre su mano.

El día que fueron a la playa con Raymond vieron cómo los vigilaban, al ir a coger el autobús, el hermano de Djemila y sus amigos.

Llegaron a la casa de la playa de Masson, el amigo de Raymond y Lucia, su mujer, y Meursault y Marie van a bañarse mientras los amigos los observan y comentan que ella es un encanto.

Comen pronto, a las 11'30 porque Lucia desea acostarse luego, y tras comer, y mientras las mujeres recogen, los tres hombres van a pasear por la playa y se topan con el hermano de Djemila con otro amigo.

Raymond le pide que deje de seguirle y comienzan a pelearse, aunque el chico saca una navaja y le hace un corte en la mano antes de marcharse.

Cuando vuelven, Marie se asusta y desea marcharse, aunque él dice no tener miedo.

Raymond y Masson que fueron a que un médico viera el corte del primero, regresan y comentan que son solo heridas superficiales.

Raymond decide volver a la playa, y aunque pide a Masson que no le acompañe, Meursault sale con él y ven que los chicos árabes siguen sentados allí aún.

Raymond le pregunta a Meursault si lo mata, pero este le dice que no puede hacerlo si él no le saca la navaja y le pide que le dé a él la pistola, y le disparará él si lo hace.

Los chicos, cuando ven que sacan la pistola salen corriendo.

Regresan a casa, pero Meursault no sube. Regresa a la playa y encuentra un poco más lejos al hermano de Djemila tumbado en la playa, y ahora solo y muy sudoroso.

Al ver que se acerca a él, el muchacho saca su navaja y se queda observándolo.

El reflejo del sol en la hoja ciega los ojos de Meursault, que saca la pistola y le dispara, y aunque acierta a la primera, repite los disparos cuatro veces más.

Comprendió que había destruido el silencio de una playa donde había sido feliz y disparó cuatro veces más contra un cuerpo inerte y fueron como cuatro golpes con los que llamaba a la puerta de la desdicha.

En prisión es trasladado a una cochambrosa celda individual desde cuya ventana puede observar la ciudad, y recibe la visita de su abogado de oficio.

Este ya indagó sobre su vida privada, al igual que lo hizo la acusación y saben que su madre falleció poco antes en el asilo, en el que informaron que dio muestras de insensibilidad durante su entierro, argumento que piensa que utilizará la acusación.

Le pregunta por ello si se sintió triste aquel día, a lo que responde que no suele hacerse preguntas, pero que quería a su madre, como todo el mundo, aunque se pregunta quién no ha querido en algún momento la muerte de un ser querido.

El abogado le advierte que no puede ni debe decir eso en el tribunal ni ante el instructor.

Le cuenta que el día del entierro estaba muy cansado y tenía sueño y no era muy consciente de lo que pasaba, aunque hubiera preferido que no se muriera.

El abogado le sugiere que ante el tribunal diga que controló sus emociones y él dice que no lo dirá porque no es cierto.

Un día recibir la visita de Marie, con la que debe hablar a través de un pasillo flanqueado por dos rejas, una del lado de cada uno, y junto a decenas de presos más y sus familias.

Marie le pregunta si está bien y si tiene de todo y le indica que debe tener esperanzas, y le cuenta que ella ha vuelto a su trabajo.

Le dice también que cuando él salga se casarán y volverán a nadar juntos.

Meursault le cuenta un suceso que leyó en la página de un diario que encontró bajo su colchón y que se refería a un hombre que viajó para buscar fortuna, y cuando la consiguió, y tras 25 años, regresó a su pueblo.

Su madre y su hermana tenían un hotel y cuando se presentó no le reconocieron.

Para gastarles una broma él alquiló una habitación y les mostró el dinero.

Por la noche las dos mujeres subieron a su habitación, lo mataron a martillazos y le robaron el dinero y tiraron su cuerpo al río.

Cuando descubrieron a quién habían matado, la madre se ahorcó y la hermana se tiró a un pozo, y él piensa que el hombre se lo buscó, pues no hay que mentir.

Otro día recibe una carta de Marie, que le cuenta que regresó a los baños y nadó hasta la boya y se tumbó al sol. Cerró los ojos y sintió su cabeza en su vientre, aunque cuando los abrió ya no estaba, y le pregunta por qué mató a ese hombre y truncó su felicidad.

Cuando llega el momento del juicio es trasladado al juzgado y le dice a un gendarme que le acompaña que siente curiosidad, pues nunca fue a un juicio.

Entran a la sala, y entre los asistentes están Marie y Djemila.

El fiscal le indica que se le describe como una persona taciturna y retraída, y que esperan conocer cosas sobre su actitud que se les escapan.

Le pregunta si le pesa su acción y él dice que más que pesarle le aburre.

Recuerdan que disparó 5 veces seguidas, y le preguntan por qué esperó, entre el primer y el segundo disparo, a un cuerpo que yacía en el suelo, pero no contesta.

El fiscal le pregunta si cuando regresó a la playa iba con intención de matar a la víctima, a lo que responde que no, ante lo que le preguntan por qué llevaba entonces un revólver, y asegura que fue el azar. El mismo azar le llevó a matar al hombre.

El director del asilo recuerda que la madre de Meursault se quejaba de su hijo, pero que todos los internos lo hacen, y le reprochaba que la hubiera dejado en el asilo.

Le preguntan por la actitud de él el día del sepelio, a lo que responde que estaba muy tranquilo, lo que le sorprendió, pues no quiso ver el cadáver, no lloró, y tras el entierro se marchó sin recogerse un momento ante la tumba.

Todos los testimonios que vienen del asilo insisten en que estaba poco apenado.

Habla en su favor su casero que era amigo suyo y dice que era un hombre de bien y pagaba la manutención de la madre y Salamano, que recuerda que la madre de Meursault ya no hablaba y por eso la llevó al asilo y añade que él siempre se portó muy bien con su perro.

Habla luego Marie que declara que se iban a casar y que iniciaron su relación al día siguiente al sepelio de la madre de él, día en que coincidieron en los baños, y que fueron a nadar juntos y después fueron al cine y luego con él a su casa.

El fiscal concluye que al día siguiente de la muerte de su madre se fue a bañar, inició una relación irregular y se rio viendo una película de Fernandel.

Ella lo defiende y dice que fue un accidente y no fue intencionado, pues él nunca miente.

Habla luego Raymond que asegura que su amigo es inocente, pues el muerto le odiaba porque en una ocasión abofeteó a su hermana, pero que no tenía motivos para odiar al acusado, pues no se conocían y solo se vieron por casualidad.

Pero, le recuerdan que Meursault escribió la carta que provocó el drama, aunque él dice que fue casualidad.

El fiscal le pregunta si la misma casualidad que hizo que Meursault no interviniera cuando la abofeteó y que luego declarara a su favor en la comisaría.

A las preguntas del fiscal, Raymond responde que es mozo de almacén, aunque el acusador dice que en realidad es un proxeneta y Djemila una prostituta indígena a la que obligaba a trabajar en un burdel, y que Meursault fue su cómplice en el crimen, cometido para ayudar a su amigo.

Al final de la sesión se marchan todos los asistentes excepto Marie y Djemila, a la que la primera da el pésame por su hermano, aunque ella le dice que su hermano no le importa a nadie porque era un árabe, y le dice que haría mejor en irse a su país, aunque Marie le dice que su país es ese, ante lo que la chica ríe.

Se reanuda el juicio al día siguiente y el fiscal dice que demostrará que el asesinato fue realizado con conocimiento de causa sin que hubiera atenuante, y sin que el culpable mostrara el menor arrepentimiento, pues solo ve monstruosidad en su forma de actuar.

Le preguntan a él si tiene algo que decir. Solo dice que no era su intención matar a ese hombre.

El presidente del tribunal le dice que no entiende su estrategia de defensa y que debería preguntar a su abogado para concretar las razones que inspiraron su actuación.

Él entonces dice que fue por culpa del sol.

Habla luego su abogado que lo defiende como un hombre honrado e hijo modélico que atendió a su madre mientras pudo hacerlo y luego la llevó a un asilo donde pudieran atenderla adecuadamente, pues él tenía un trabajo modesto y que el asesinato fue un acto reflejo en un momento de confusión y bajo un sol abrasador y un calor sofocante, y ante un hombre que empuñaba un arma, la misma navaja que hirió antes al señor Sintès, su amigo.

Además reconoció su culpabilidad y cree que no deben castigarlo por no llorar.

A la salida, el abogado le asegura que todo irá bien y se librará con unos años de cárcel. Que no presentó conclusiones para no indisponer al jurado y que siempre pueden apelar, aunque está convencido de que la sentencia será favorable.

Pero no es así. Se le declara culpable de asesinato con premeditación, y, al no haber atenuantes, será decapitado.

Le preguntan si tiene algo que añadir y él dice que no, antes de levantarse la sesión.

Es trasladado a pie y por un paraje desértico, escoltado por dos gendarmes hasta un montículo donde está instalada la guillotina.

Se suelta de los agentes para acercarse hasta su madre que le recuerda que un día su padre fue a ver una ejecución y al regresar a casa se pasó la mañana vomitando.

Se dirige luego, ya sin los agentes hasta el patíbulo, donde le espera solo el verdugo.

Pasada la pesadilla, de cuando en cuando le indican que está el capellán, pero él dice que no quiere verlo.

Recibe otra visita de Marie, que observa su aspecto desaliñado y que le pregunta si la echa de menos, pero él pregunta cómo saberlo, pues dado que sus cuerpos están separados, nada los ata y se había resignado, pues pensaba que ella se habría cansado de ser la mujer de un condenado a muerte o que había enfermado o muerto.

Ella le pregunta si no se aburre mucho y él dice que no, que el día anterior volvió a pensar en su cuarto y en los muebles y en cada objeto que había en ellos y que trata de no perder el hilo del inventario, lo que le lleva horas, y que un hombre que hubiera vivido un solo día podría pasar 100 años en la cárcel y tendría recuerdos de sobra para no aburrirse.

Le dice que entendería que lo olvidara cuando muera y que amara a otros hombres, pues si fuera ella quien estuviera muerta ya no le interesaría, pues es lo normal.

Ella llora y le dice que no morirá, aunque él le dice que si rechazan su recurso morirá y da igual morir a los 30 o a los 70, pues habrá otras personas que nacerán y vivirán después de él durante miles de años.

Ella dice que puede que le indulten y él sonríe.

Otro día recibe la visita del sacerdote, al que dejan entrar en su celda pese a que él se negó siempre a recibirlo y que le responde, cuando le pregunta, que no sabe nada de su recurso y le pregunta tras ello por qué rechaza sus visitas y él le dice que no cree en Dios y no le interesa.

El cura le dice que no está desesperado, que solo tiene miedo, algo normal y le asegura que todos los que ha visto en su situación se volvieron hacia Dios, aunque él le dice que no quiere que le ayude, pues todos están condenados, y que si no muere ese día lo hará más tarde y se le planteará la misma cuestión, cómo se enfrentará al trance de su última hora y él dice que lo afrontará igual que en ese momento.

El sacerdote le pregunta si no tiene ninguna esperanza y vive con el pensamiento de que morirá en su integridad, en cuerpo y alma, y él dice que sí.

A pesar de todo, le dice que está seguro de que su recurso saldrá adelante, pero que lleva el peso de un pecado del que deberá liberarse y que la justicia de los hombres no es nada y la de Dios lo es todo.

Él le responde que a él le ha condenado la primera, y el cura le dice que no por eso limpió su pecado, a lo que él responde que no sabe lo que es un pecado. Que le dijeron que era culpable y va a pagarlo, y no se puede pedir más.

El capellán le pide que vea un rostro divino entre esas piedras, a lo que le responde que él las conoce ya perfectamente y que durante un tiempo buscó un rostro, el de Marie, pero fue en vano.

El sacerdote le pide que le permita que lo abrace, pero él se aparta y no se lo permite, pese a lo que insiste y le dice que seguro en algún momento soñó con otra vida y le pregunta cómo se la imagina, a lo que Meursault le responde que una vida en la que pudiera acordarse de esa y le pide tras ello que se marche, y cuando el cura le dice que quiere hablarle de Dios le dice que le queda poco tiempo de vida y no quiere perderlo con su Dios.

El sacerdote le dice que rezará por él, pero él le dice que no quiere sus rezos, pues sus certezas no sirven para nada, y cree que el sacerdote ni siquiera tiene la de estar vivo, pues vive como un muerto, y aunque parezca que él tiene las manos vacías, está seguro de sí y de su vida allí y de la muerte que le espera, y aunque sea poco, tiene esa verdad.

Que podría haber vivido de otra forma, pero eso no importa, pues esa vida es absurda y no le importa la muerte de otros, el amor de una madre, su dios o las vidas que escogen y que lo ejecutan por no llorar en el entierro de su madre.

Y que el perro de Salamano tiene el mismo valor que su mujer, o que Marie quisiera casarse con él, o que Sintès pareciera su colega y le dice que todos son culpables y todos están condenados y se abalanza sobre el cura, cuando, pese al deseo de él de que no se acercara trata de tocarlo.

Entran los guardianes para separarlo y el cura pide que no le hagan daño y que lo dejen, antes de marcharse.

Por primera vez en mucho tiempo pensó en su madre y le pareció que entendía por qué, al final de su vida se había echado un novio y por qué había empezado a jugar de nuevo.

También en el asilo el atardecer parecía una tregua melancólica y con la muerte cerca debió sentirse liberada y dispuesta a revivirlo todo y nadie tenía derecho a llorar por ella.

Desnuda sobre la arena de la playa, recuerda a Marie y su sonrisa.

Se muestra por fin dispuesto a revivirlo todo, como si aquella rabia lo hubiera purgado del mal y vaciado de esperanza.

Ante aquella noche cargada de señales y estrellas se abría a la tierna indiferencia del mundo al sentirlo tan parecido a él, tan fraternal por fin y sintió que había sido feliz y que seguía siéndolo y para que todo se consumara y para sentirse menos solo le quedaba la esperanza de que hubiera muchos espectadores el día de su ejecución y de que lo recibieran con gritos de odio.

Frente al mar, y solitaria, Djemila visita la tumba de su hermano.

Calificación: 7