El disputado voto del señor Cayo
España (1986) *
Duración: 94 Min.
Música: Varios
Fotografía: Alejandro Ulloa
Guion: Antonio Giménez-Rico y Manuel Matji (N.: Miguel Delibes)
Dirección: Antonio Giménez-Rico
Intérpretes: Francisco Rabal (Señor Cayo), Juan Luis Galiardo (Víctor Velasco), Iñaki Miramón (Rafael Corral), Lydia Bosch (Laly), Eusebio Lázaro (Dany), Mari Paz Molinero (Mujer de Cayo), Abel Vitón (Ángel Abad).
Rafael Corral, diputado socialista recibe, mientras asiste a una sesión en el congreso la nota de un compañero en la que le informa: "V.V. murió ayer, el entierro es a las 12". Se reúne con el compañero que le envió la nota, aunque de inmediato sale Dani, otro compañero del partido que le dice que no puede irse, pues en breve comenzará el turno de réplicas y debe intervenir, aunque él le dice que tiene que ir al entierro de Víctor Velasco.
Dani le insisten en que se quede, tanto, que Rafael se da cuenta de que él ya conocía la noticia del fallecimiento y no se lo dijo.
Dani le recuerda que Víctor renunció a su acta 8 años antes y los dejó en la estacada, aunque Rafael le dice que era amigo suyo, ante lo que Dani le indica que el jefe prefiere que no vayan a ese entierro, a lo que Rafael le replica que le tienen miedo incluso muerto.
En el cementerio vuelve a ver a Laly, que le da las gracias por ir.
Un hombre que está con ella le pregunta desde cuándo lo conocía, a lo que le responde que desde las elecciones del 77 en Burgos.
Él entonces cargaba con la propaganda del partido, y se le cayeron los carteles con la cara de Víctor, candidato por la provincia al congreso, y fue el propio Víctor quien le ayudó a llevarlos a la sede del partido.
Allí, un grupo de militantes, entre los que estaba el propio Rafael y Laly trabajaban rellenando sobres con las papeletas para el congreso y para el senado que debían repartir a los ciudadanos.
A Laly, aún muy joven, la abandonó su marido después de tener dos hijos con ella.
Víctor recibe una llamada para que acuda a un programa de televisión en Madrid, pero Víctor replica que en su provincia no conocen todavía su cara y debe darse a conocer.
Dani es el encargado de la campaña a nivel provincial y quien los organiza para que no quede sin visitar ni un solo pueblo, y les indica que debe visitar los pequeños pueblos de la montaña acompañado por Rafael y Laly.
Cuando arrancan, Víctor les hace poner una cinta con "Marina", aunque la cambian pronto.
En el coche deciden los puntos a tratar en los mítines, aunque cuando Laly propone hablar de la equiparación de la mujer, Víctor le dice que en esos pueblos no entienden todavía de esos temas, por lo que Laly acaba enfadada y asegura que todavía son unos machistas.
Al pasar por un pueblo ven que está pegando pasquines un grupo fascista, que, al ver el coche socialista empiezan a lanzarles piedras.
Luego, mientras comen, Laly, licenciada en Exactas les habla de las oposiciones que está preparando, mientras que Rafael, con 23 años sigue en 2º de Derecho, y dice que no le gustan los libros ni los exámenes.
Siguen por carreteras llenas de curvas hacia la montaña y paran al llegar a un precioso paisaje, donde se abre un enorme cañón y Víctor asegura que se quedaría a vivir allí con la mujer que le quisiera, aunque a Rafael le parece un sitio horrible que no gusta ni a las cabras.
Terminado el entierro, Rafael dice a su compañero que irá a comer con Laly, pese a que tenían prevista una comida en Lhardy, en la que pide que le excusen.
En el restaurante, Laly le cuenta que Víctor estaba leyendo un libro cuando le dio un ataque al corazón, y su hermana, que es quien vivía con él, ya no pudo hacer nada.
Rafael recuerda que Víctor era un soñador, y no un político.
Recuerdan aquel viaje que hicieron con él en 1977, que Laly asegura que le abrió los ojos y vio demasiado, lo que no es bueno para un político, aunque Rafael cree que la cárcel, donde pasó un total de 7 años de los últimos 10 de como preso político, ya le había dejado tocado.
Llegan a Cureña, el primero de los pueblos que debían visitar, y observan que está prácticamente abandonado, por lo que se dirigen a la única casa donde ven humo, y allí preguntan al dueño de la casa por el alcalde, que les dice que es él.
Lo ven cómo introduce un enjambre en una colmena con paciencia y habilidad y sin temor a que las abejas le piquen, pues sabe que no lo hacen cuando están enjambradas.
Le preguntan por un lugar donde reunir a los vecinos, y el hombre les explica que solo quedan él y otro vecino, pero que si hablan con el otro, no podrán hablar con él.
El hombre les dice que se llama Cayo y que tiene 74 años y los lleva hasta su casa, donde está su mujer, que es muda.
Fuera tiene plantado saúco y le dice que sus flores 1sanan las heridas de los ojos.
Lo acompañan más tarde a la huerta, donde lo ven con las cebollas.
Laly le dice que una sociedad que deja que los ancianos sigan trabajando no es justa, aunque él le dice que en qué quiere que se entretenga si no le dejan trabajar.
Ella le dice que puede enfermar, y qué pasará, y él le dice que deberían cuidarlos los hijos, y les cuenta que tiene dos, uno que trabaja en Baracaldo y otra que lleva el bar y la tienda de un pueblo cercano, donde se casó, y que los dos tienen coche, y no entiende por qué se fueron, pues allí no pasaban necesidad.
Le cuenta que tras la guerra empezó a marcharse la gente, aunque en los últimos 15 años la cosa fue a más, pues el pueblo llegó a contar con 47 vecinos, pero luego quedaron tan pocos que se dio el caso de uno que enviudó y se casó con la madre de su mujer e incluso tuvieron un hijo.
Lo ven pescar cangrejos en el río, en cuya orilla se crían malvas, que les dice, sirven para aligerar el vientre.
Les muestra una cascada bajo la que se oculta una cueva donde les cuenta que se refugiaban los vecinos durante la guerra cuando asomaban los de uno u otro bando, pues cuando estalló la guerra acabaron con el alcalde, que era de izquierdas, pero una semana después mataron al que le sustituyó, por lo que el cura les hizo ver que lo mejor era ocultarse allí, donde llegaron a pasar hasta dos semanas seguidas y salían cuando el pastor les indicaba que ya se habían ido.
Más tarde, cuando se fijaron los frentes, montaron un hospital en la parroquia.
Los lleva al antiguo bar y allí les cuenta la historia de un vecino que dice que era un brujo, pues adivinó el día de su boda y un día dijo allí que podía adivinar el día de su muerte.
Y pese a que el sacerdote le dijo que no debía jugar con esas cosas, él cogió la bajara y dijo la fecha en que iba a morir.
Otro de los hombres le apostó que si se cumplía, pagaba la caja, las copas y el funeral.
El día anterior al día que dijo que iba a morir, el hombre que apostó con él le recordó que había dicho que al día siguiente iba a morir.
Al día siguiente vieron que el hombre seguía como siempre y se despidió tras la partida, pero al día siguiente lo encontraron colgado en la galería de su casa.
Les muestra tras ello la ermita, aunque les advierte que pronto lloverá, como ocurre en efecto, por lo que deben regresar a la casa donde se secan junto a la lumbre.
Allí les cuenta que su mujer era muy guapa, igual que sus dos hermanas, las tres mudas, y las tres se casaron.
Les da para comer queso y vino, que hizo él.
Ven que no tienen ni televisión ni radio, pero dice que sí habla, pues el día 15 de cada mes baja hasta el cruce para hablar un rato con el repartidor de la Coca-Cola.
Tampoco lee, aunque su mujer sí, pero asegura que no le faltan labores y si nieva, mira cómo cae la nieve sin pensar demasiado.
Les dan también unas rosquillas echas por la mujer.
Le preguntan si no se enteró de la muerte de Franco, y ven que no se enteró hasta casi cuatro semanas después y no le afectó para nada en su vida.
Le preguntan si votará algo el día 15, y él dice que lo más seguro es que vote que sí, por lo que deben explicarle que ahora hay partidos y debe elegir la opción que más le convenza.
Rafael le dice que por ejemplo, ellos, son la opción del pueblo. De los pobres, ante lo que el señor Cayo debe aclararle que él no es pobre, pues tiene todo lo que necesita.
Rafael le entrega una papeleta con los nombres de Víctor y de ellos y le dice que si cree que son personas decentes les vote, y si no, que rompa las papeletas, y Víctor le dice que se deje guiar por su instinto.
Se despiden y les entregan las rosquillas que hizo la mujer.
Ven que se acerca entonces otro coche, uno en el que van Mauricio y tres compañeros fascistas que le dicen al señor Cayo que no se fíe de los socialistas, que le quitarán sus tierras, aunque él le dice que tierras hay allí para todos.
Cuando le dicen que ellos lo arreglarán todo, el anciano les dice que no está roto, ante lo que sienten que se está riendo de ellos, e interviene Víctor que pida a Mauricio que dejen tranquilo al hombre y que no le hablen en tono amenazador.
Mauricio le pide que le cuenten al viejo que en cuanto ganen las elecciones prenderán fuego a la iglesia y lo fusilarán, y que ellos llevarán orden, aunque el señor Cayo dice que allí el orden les sobra.
Le entregan las papeletas con sus candidaturas que el anciano prefiere no coger, por lo que Mauricio le dice que se la va a tragar y trata de que se la coma, mientras sus hombres cubren los carteles de los socialistas con los suyos.
Víctor sale a defender al anciano y tira a Mauricio al suelo, ante lo que sus compañeros lo derriban a él y le dicen al anciano que la culpa es de él y se dispone a abofetearlo, aunque el grito de Laly se lo impide.
Pero no puede evitar que golpeen a Víctor con sus cadenas antes de marcharse.
Se marchan también ellos.
En el restaurante, Laly le dice a Rafael que es un triunfador, aunque él recuerda que no fue así con su matrimonio, y ella le dice que les sorprendió mucho, tanto a Víctor como a ella que lo hiciera con su forma de pensar.
Observa que ella tiene el mechero de Víctor, que ella dice le regaló la hermana y recuerda que Víctor lamentaba no habérselo regalado al señor Cayo.
Se preguntan qué votaría aquel hombre.
Rafael recuerda que Víctor, antes de marcharse, le prometió al señor Cayo que volvería a verlo, y pararon en el siguiente pueblo y fueron al bar.
Víctor se tomó allí varias copas de coñac y reconoció sentirse perdido, pues fueron a redimir al redentor.
Mientras siguen camino comenta que no sabe qué le pasa, pues todo por lo que ha luchado y en lo que ha creído se le va de las manos y que las elecciones son una fiesta para todos, pero que él no las siente como una fiesta, que ese hombre no lo necesitaba y no deben arrancarlo de su medio para meterlo en el suyo y se pregunte qué pasará cuando en el mundo no quede ninguna persona que sepa para qué sirve la flor del saúco.
Laly le pide a Rafael un favor. Que cuando pueda vuelva a Cureña y que busque al señor Cayo y que le entregue el mechero de Víctor.
Él le pide que le dé una razón que no sea sentimental para hacerlo.
Ella le dice que si un día cayera una bomba y solo sobrevivieran él y el señor Cayo, debería acudir al anciano ara que le diera de comer, pues el señor Cayo puede vivir sin Rafa, pero Rafa no podría vivir sin el señor Cayo.
Rafa le dice que no lo hará, aunque ella le dice antes de despedirse que se verán de nuevo para que se lo cuente.
Rafael viaja hacia Burgos, y mientras está conduciendo, en la radio ponen "Marina", y cuando llega a la capital, y aunque es ya de noche, continúa su camino hasta Cureña.
Ve luz en la casa del señor Cayo y se dirige a ella.
Encuentra al anciano muy enfermo.
Le cuenta que su mujer murió ya y a su vecino se lo llevaron también a enterrar.
Rafael observa que tiene fiebre y el hombre le dice que lleva una semana así, ante lo que decide llamar a una ambulancia para que se lo lleven al hospital.
Ya solo, Rafael entra en la casa y descubre, pegado en una pared, el cartel electoral del año 1977 con el rostro de Víctor, embadurnado con las pintadas de los fascistas y sonríe.
Encuentra también un spray de los fascistas y escribe en la pared donde colocaron los carteles entonces, "Vota V.V.".
Deja tras ello el pueblo mientras escucha el quejido del perro del señor Cayo.